Día a día se conocen nuevos despidos, cierres de empresas y tensiones en el mercado interno, mientras el sector energético y minero vive un auge inédito. En ese contexto, la forma en que el gobierno libertario está encarando la apertura económica sigue generando debate y divisiones profundas. Para entender los riesgos y las oportunidades de este proceso, la experiencia chilena ofrece una referencia histórica valiosa y poco explorada en el debate público argentino.
El debate que no cierra: gradualismo versus shock
El cambio de modelo económico que impulsa la actual administración tiene entre sus ejes centrales la apertura económica, que según voces críticas está destruyendo a la industria y al comercio local. El dilema entre gradualismo y shock ya fue ampliamente discutido durante la era Macri, pero dado que la economía argentina aún traversa una fase de transición, vale la pena recurrir a la experiencia chilena para contar con una referencia empírica concreta. Chile ofrece algo que pocos países pueden mostrar: dos episodios distintos de apertura dentro de un mismo período histórico, con enfoques radicalmente diferentes y consecuencias igualmente distintas.
Las dos etapas del experimento chileno
Los economistas suelen dividir la estrategia neoliberal de la dictadura de Pinochet en dos grandes fases, separadas por la crisis financiera de 1982. La primera, que va de 1973 a 1981, representa un ejemplo de ortodoxia en su forma más pura. La segunda, desde 1982 hasta 1989, introdujo intervenciones heterodoxas dentro del mismo enfoque general, impuestas por la gravedad de la crisis anterior. El economista chileno Ricardo Ffrench Davis califica esta segunda etapa como un neoliberalismo con cierto pragmatismo, positivo en la medida en que buscó adecuarse a la realidad económica concreta.
La apertura rápida de los Chicago Boys: lecciones de una crisis evitable
El primer período estuvo marcado por una apertura económica de velocidad extrema. Las características de esa política incluyeron la reducción radical de aranceles, que pasaron de niveles superiores al 100 por ciento a cerca del 10 por ciento en poco tiempo, la privatización masiva de empresas públicas, la eliminación de controles de precios, la liberalización financiera y laboral sin redes de protección social, y un tipo de cambio fijo y apreciado que generó presión inmediata sobre la industria local.
Las consecuencias sobre la economía real
Según un análisis del Estudio Broda, la apertura abrupta de los Chicago Boys expuso a las empresas locales a la competencia internacional de forma inmediata, sin tiempo de adaptación ni protección alguna. La apreciación del tipo de cambio y la liberalización financiera acelerada combinaron sus efectos de manera devastadora: muchas empresas debieron enfrentar simultáneamente importaciones más baratas, deuda en dólares más cara y caída de precios internos. El resultado fue una ola de quiebras masivas, con alrededor de 800 empresas fundidas en 1982. El desempleo superó el 20 por ciento, concentrado principalmente en pymes y sectores orientados al mercado interno. La economía chilena sufrió una recesión del 14 por ciento del PBI ese mismo año. Las quiebras, concluye el estudio, no fueron inevitables: fueron la consecuencia de un shock combinado de apertura comercial y desequilibrios macroeconómicos, sin medidas de compensación ni redes de seguridad.
La apertura gradual de Büchi: el camino que evitó el desastre
La segunda fase, conducida por el ministro Hernán Büchi entre 1985 y 1989, representó una apertura económica de naturaleza completamente distinta. Se caracterizó por una devaluación gradual del peso para recuperar competitividad y favorecer exportaciones, una reducción de aranceles ordenada y anunciada con anticipación, disciplina fiscal, estabilidad macroeconómica y reestructuración de deuda. La apertura comercial fue igualmente profunda, pero estuvo coordinada con políticas activas de apoyo a sectores estratégicos.
Instrumentos concretos que marcaron la diferencia
Entre las herramientas utilizadas durante esta etapa se destacan: el acceso facilitado al crédito mediante líneas especiales y programas de garantías para exportadores y sectores productivos; condiciones financieras más favorables, con plazos más largos y tasas competitivas; incentivos fiscales puntuales para inversiones en sectores estratégicos, incluyendo amortizaciones aceleradas o beneficios temporales; seguridad jurídica y previsibilidad cambiaria para planificar a largo plazo; y la reducción gradual de barreras comerciales con anticipación suficiente para evitar shocks inesperados.
Los resultados: de la crisis al milagro
El impacto sobre la economía real fue notablemente diferente al de la primera etapa. La industria y el comercio tuvieron tiempo para adaptarse, lo que redujo significativamente las quiebras masivas. El empleo comenzó a recuperarse, especialmente en sectores exportadores competitivos. Las políticas de crédito e incentivos a la inversión facilitaron la expansión productiva, promoviendo la incorporación de maquinaria, tecnología y capacidad exportadora. Como resultado, la apertura fue gradual, coherente y predecible, evitando crisis financieras profundas y sentando las bases de lo que se conoce como el milagro chileno, con crecimiento económico sostenido durante varios años consecutivos.
El espejo chileno frente a la Argentina de hoy
La comparación entre ambas fases del experimento chileno no pretende ser una traslación mecánica a la realidad argentina, que tiene sus propias particularidades históricas, institucionales y sociales. Sin embargo, el paralelo es sugerente. La apertura económica que hoy se implementa en Argentina comparte varios rasgos con la primera etapa chilena: velocidad de ejecución, reducción arancelaria acelerada y un tipo de cambio que genera dudas sobre la competitividad de la producción local. Lo que Chile enseña con claridad es que la velocidad de la transición importa tanto como su dirección. Una apertura económica bien diseñada puede ser un motor de crecimiento; una mal calibrada puede destruir en meses lo que tardó décadas en construirse.
El debate no es si abrir o no la economía. El debate es cómo hacerlo, a qué ritmo, con qué redes de contención y con qué previsibilidad para los actores productivos. La experiencia chilena sugiere que la diferencia entre el éxito y el fracaso no estuvo en la profundidad de las reformas, sino en la inteligencia con que se administraron los tiempos y los instrumentos de acompañamiento. Esa lección, a la luz de los despidos y cierres que hoy se acumulan en Argentina, merece ser tomada en serio.
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